“…Sentados junto a la hoguera tratábamos de mantenernos serenos para analizar lo sucedido, en algo que vivimos como un instante habíamos destruído un poblado de Caribes y habíamos dado muerte a nuestros compañeros de viaje franceses; estaba claro que habíamos conseguido tranquilizar nuestra situación salvo por un pequeño detalle, Maku, el cocinero del barco había desaparecido en la refriega y algo olía mal en todo aquello. Aunque nos repartimos las guardias tratando de descansar lo máximo y estar alerta de posibles ataques de algún nativo emboscado o incluso del cocinero evadido; aquella noche no sucedió nada y cuando amanecimos interrogamos al inglés rescatado del poblado y a nuestro prisionero francés. El primero nos contó que fue capturado en una isla próxima donde su galeón había naufragado y a la que llegó junto a otros supervivientes, también nos contó que los restos del barco habían encallado en la isla y que tenían intención de usarlos para construir una balsa y tratar de escapar de estas islas desconocidas. Por contra el francés se negó a colaborar y aunque fue amenazado, no soltó prenda alguna. Tras discutir que debíamos hacer y dudar de si buscar el punto más elevado de la isla para tratar de localizar nuestro navío o la isla donde capturaron al inglés, decidimos embarcarnos en una canoa indígena para rodear la isla con la convicción de encontrar alguno de nuestros dos objetivos.
Embarcados en la canoa examinamos las corrientes aplicando los escasos conocimientos que poseíamos y tratamos de decidir que dirección tomar; el francés, esta vez, sí rompió su silencio para indicarnos que la isla que buscábamos (el incluido) debía ubicarse en el lado oeste de nuestra isla de partida; desconfiando del francés iniciamos la travesía hacia el este hasta salvar el primer cabo que nos daría una buena visión de toda la costa; allí, efectivamente, no había nada, ni barco ni isla. Viramos y pusimos rumbo oeste hasta salvar un nuevo cabo que nos descubrió toda la cara oeste y en el horizonte el islote que sería nuestro destino. Habíamos empleado medio día en localizar la isla y según nuestros cálculos el islote debía estar a una jornada de travesía; decidimos no arriesgarnos a navegar de noche para evitar situaciones comprometidas en alta mar y en la oscuridad, así que decidimos regresar al poblado y hacer noche para al amanecer “atacar” el islote.
Durante el desembarco en el poblado se me ocurrió una idea que a la postre selló nuestros destinos, el francés no quería colaborar pero sabía algo y en estas condiciones; el francés estaba retenido en aquella isla como nosotros, había pocas escapatorias y ponía en duda que si le dejase libre tratase de liquidarnos y quedarse el sólo a morir allí; nos necesitaba como nosotros a la información que tenía; así que le ofrecí un trato de igual a igual para que se integrase en nuestro grupo y olvidásemos las ofensas ocurridas la noche anterior (a veces la desesperanza hace que la mente no esté nada clara). Le ofrecí la primera guardia evidentemente vigilándole yo y le armé con una pistola con un tiro pensando que si llegaba a utilizarla sólo liberase mi alma de aquella maldita isla.
Mis cálculos fallaron como podía ser de otra manera y en mitad de su guardia abandonó su puesto, fue sutil, pero cuando uno está con la mosca detrás de la oreja, hasta el más leve ruido hace que nos imaginemos lo peor. Inició la huida hacia la selva, era imposible saber que camino podía haber tomado, aunque claro, habíamos llegado juntos y si huía lo primero que debía hacer era conseguir víveres y el manantial que ambos conocíamos era la primera opción más lógica. Corrí como alma condenada al infierno hacia la selva desoyendo los consejos de mi propia alma hasta llegar al manantial, examiné las orillas y encontré huellas frescas de que alguien había parado allí no hacía mucho. El siguiente paso era saber hacia donde se había dirigido y la playa donde habíamos dejado un campamento antes de adentrarnos en la selva era la mejor opción. Recorrí el camino todo lo rápido que pude hasta llegar al borde de la selva con la playa y me oculté entre la maleza para tener una visión de la playa sin ser visto.
La playa presentaba un aspecto tranquilo, aunque la tranquilidad la rompía la figura de Maku sentado de espaldas junto a una hoguera contemplando el horizonte, sin duda, una situación de lo más extraña desde mi perspectiva. Algo olía raro y desde luego no iba a exponerme sin tener una carta en la manga; examiné los límites de la playa en busca del francés y mi intuición esta vez fue correcta, allí estaba semi oculto observando a Maku; para tratar de dominar la situación rodee al francés y me acerqué pistola en mano, cuando estuve lo suficientemente cerca le exigí su rendición, depuso la pistola y cuando me acerqué más trato de salir huyendo. Todos conocéis que escasa destreza con las armas, pero aquella vez Dios estaba de mi parte y alguien que rompe su palabra debe ser condenado eternamente, si el francés pensaba que se puede jugar con un juramento Dios apuntó por mi y disparó seccionándole el brazo derecho; el francés cayó en la plaza retorciéndose de dolor, Maku encendió la hoguera y se divisó en el horizonte nuestro navío, amencé a Maku para que dejase las armas pero en su pobre jerga me hizo saber que a una señal suya el barco podría desaparecer y que no me convenía hacerle nada si quería salir de la isla; decidí que fue Maku el que fuera a buscar a mis compañeros al poblado y que yo mismo esperaría los botes del navío. Los botes llegaron a la par que mis compañeros pero las intenciones de sus ocupantes no eran las que esperábamos y armas en mano nos apresaron conduciéndonos al navío sin duda a nuestra próxima aventura…”